Select Language

Clic en PAUSE II y para la música de mi blog >>

atrapacaminos en Camerún


atrapacaminos en Camerún                                        (8 al 25 de Octubre de 2010)

Me embarco rumbo a Camerún, país situado en el Golfo de Guinea, entre Nigeria, frontera oeste, y Guinea Ecuatorial, vecino del sur. Playas paradisiacas, tierras volcánicas, montañas selváticas o las doradas colinas del Sahel serán algunos de los escenarios que iremos descubriendo. En esta ocasión compartiré aventura con Patri y Kanu, recorriendo durante 16 días esta tierra de gentes y contrastes tan sorprendentes.



Capital: Yaoundé
Divisa: Franco Centro Africano (1€=CFA156)
Población: 18,4 millones
Area: 475440 sq km
Idiomas: Francés. Inglés en la parte más cercana a la frontera nigeriana. Bamiléké, Fulfude, Fulani y Ewondo como lenguas tradicionales.

Ruta: Limbe-Douala-Kribi-Ebodjé-Yaoundé-N´Gaoundéré-Marua-Rhumsiki-Kumba



LIMBE



Llegamos a las costas camerunesas desde el mar. Lo primero que llama la atención es que la costa esta vigilada por una imponente montaña, el monte Camerún, con 4094 metros elevados verticalmente desde la misma orilla del mar. La costa es verde y frondosa y la tierra negra, debido al origen volcánico de toda esta zona, configurada en un sin fin de suaves colinas.

La ciudad de Limbe es un puerto natural. Se asienta en una pequeña bahía protegida del oleaje por un puñado de islotes. Un lugar idóneo para esconder un bergantín pirata, un puerto estratégico para controlar el Golfo de Guinea, una playa idílica para turistas y un punto económicamente muy rentable para poner una plataforma petrolífera y cargarse el paisaje.




Los primeros exploradores portugueses llegaron en 1472 haciendo incursiones a través del Rio Wouri, entonces llamado Río de los Camarones. Durante los siguientes 200 años la costa camerunesa fue un puerto para el tráfico de esclavos y no será hasta mediados del S.XIX cuando los misionarios británicos establezcan los primeros asentamientos en Douala y Victoria (actual Limbe) para protestar contra el tráfico de esclavos. Será colonia compartida entre ingleses y franceses, estos últimos se quedaran con la administración poco antes de que en 1960 se proclame la independencia.

Como para los primeros colonos, Limbe es nuestra entrada en Camerún y lo primero que queremos hacer después después del mareado viaje en barco, la reglamentaria aduana y cambio de divisas es bañarnos en la playa. Las mejores playas en Limbe están hacia el norte, en la milla 6 o la milla 11. Un taxi nos conduce a la milla 11 por la carretera de la costa. El asfalto negro contrasta con el verde brillante de las plataneras, el azul eléctrico del cielo nos avisa que el sol esta empezando a bajar. La playa de la milla 11 es propiedad de un lujoso hotel, Same Beach, y como no queremos pagar la entrada decidimos seguir andando carretera arriba a ver si encontramos una forma de bajar a la orilla. Con los maletones en la espalda, solo necesitaremos 500 metros para una vía de acceso. La emoción nos puede, somos mediterráneos y nos hemos quedado sin mar este verano, echamos a correr a ver quién llega antes. Nos desnudamos apresuradamente para meternos en el agua. Está templada y el baño es de ensueño. Desde el mar la foto de las plataneras y las montañas verdes es espectacular, desde la orilla el horizonte lineal del mar queda roto y dibujado por la Isla de Bioko (por la noche veremos las luces de Malabo). El sol se cae y las nubes se tornan en llamas.




Aún no tenemos hotel, andamos carretera arriba acompañados por las sombras de nuestros cuerpos producidas por los faros de los coches que pasan. Se ven luces a 200 metros, es un hotel, Tsaben Beach Hotel.



TSABEN BEACH HOTEL


Ya es de noche cuando nos asomamos al hotel. Nos recibe un guardia armado con arco y flechas envenenadas. Habitación para tres por 10000 Francos. Nos quedamos a cenar una buena rodaja de barracuda con patatas fritas y baguette, acompañada con cerveza camerunesa "33", orgullo de este país.
Antes que el sol de la mañana despuntara tras el Petit Mont Cameroun (Monte Etiende 1713 metros) estábamos bañándonos en la playa. Piedras volcánicas romas y arena fina y negra. Sus aguas templadas y tranquilas nos despertaran antes del desayuno. Café de máquina, chocolate, pan francés con mantequilla y mermelada natural de piña, tortilla con tomate y cebolla y un plato de fruta tropical.
Las comparaciones son odiosas, pero los franceses dejaron una herencia gastronómica mucho más refinada, elaborada y variada en Camerún, que los ingleses en Nigeria.
El servicio en el hotel es muy detallista y amable, pero nuestro viaje acaba de empezar, Camerún nos espera!
Mochila a la espalda caminamos por la carretera menos de una milla. Nos cruzamos con un taxi repleto de blancos, nos gritan -Mbakara, mbakara!! Es Ronald que asomado a la ventanilla nos saluda. Nos encontramos después con otro grupo de la familia nigeriana. Acompañaremos a Mache, Jose, Fosky, Valle, Ester y Ubon en un paseito por un río de lava que atraviesa y corta la carretera, producto de las últimas erupciones en 1999 y 2000.

Perderemos la mañana buscando más y mejores playas, pero no las encontraremos en Limbe.


DOUALA

Situada en la desembocadura del Río Wouri es la capital económica de Camerún, tiene el puerto comercial más importante de todo el país. Ciudad mercantil, con mucho movimiento de personas, 1,7 millones de habitantes y un porcentaje considerable de blancos. Es una gran ciudad y como tal, es dura. Asfalto y hormigón. Delincuencia y suciedad. En cualquier caso, nuestro fugaz paso nos servirá para darnos cuenta que en cierta forma es una ciudad ordenada, la parte más moderna tiene hasta carril bici. Los comercios se distribuyen por gremios. Abundan los supermercados y edificios de varias plantas. Pero no es un sitio donde se nos haya perdido nada, y consideramos que no hay nada que encontrar. Pasaremos de largo, cogeremos un masificado autobús y viajaremos rumbo al sur, carretera de la costa, pasando por Edéa hasta llegar a Kribi.

Limbe - Douala: 1500 Francos.

Douala – Kribi: 2000 Francos.

KRIBI


Llegamos al destino que marcan las guías de viajes y los circuitos turísticos. Kribi es, ha sido, una playa paradisiaca (considero que una playa con hotel de 5 plantas a menos de 10 metros del agua rompe la idea de paraíso por muy lujoso que este sea). A este apartado lugar han llegado en las últimas décadas un montón de europeos de poder adquisitivo alto que buscaban un "paraíso" para pasar sus vacaciones y, en algunos casos, para jubilarse. Así, Kribi, con las divisas extranjeras, se ha convertido en la ciudad más cara de Camerún. Configurada como un pueblo "resort", tiene su puerto deportivo, sus hoteles a pie de playa, y su "calle de la marcha nocturna". Cuando cae la noche, la gente bebe cerveza, desde los locales, la música lo invade todo. Princesas de ébano invitan al sexo iluminadas por las candelas de pinchitos de carne y pescado al grill.
Nosotros llegaremos en noche cerrada. Es curiosa la sensación de llegar a un lugar desconocido y con su propia estructura y actividad en plena oscuridad. No puedes valorar los peligros, no ves los rostros, te encuentras desorientado. Puedes sentir miedo o agobio, pero ninguna de esas sensaciones te conduce a tomar decisiones acertadas. Supongo que uno se acostumbra y normaliza el hecho de que no va a pasar nada al abrigo de la oscuridad que no fuera a pasar de día. Tranquilamente pasamos de las decenas de hombres que nos proponen montarnos en su taxi, elegimos nosotros, aconsejados por mi compañero de viajes en el autobús. -Buenas noches, al hotel más barato, por favor.- Dice Kanu en excelente francés.

Le´ Marsellese es un hotel... más bien un hostal... bueno, hablemos claro, es un picadero, el más cutre de la ciudad. Pero incluso así, tiene el encanto de los patios de vecinos andaluces. Paredes blancas, macetas rebosantes de grandes hojas verdes, un lavadero de granito, y unas mesas y sillas para sentarse a ver pasar el tiempo. En este viaje iremos de pensión en pensión en busca de los records en cutredad, el presupuesto manda, siembre buscando algún alojamiento más barato que el más económico de la guía, negociando la más mínima rebaja en cada antro. El lema es "dormir dormimos donde sea, el dinero mejor para comer". Con este panorama terminaremos recordando las cucarachas de "La Marsellesa" con cierto cariño.




El domingo será día completo de playa. En Kribi, la arena es fina y dorada, el agua es clara pero las olas tienen más fuerza de lo que parecen y la resaca, aunque incómoda, no es peligrosa. Nos sentamos a la sombra de los árboles que acarician la orilla. Hay poca gente en la playa: A lo lejos, un grupo de trabajadores amontonan y cargan la arena que luego se utilizará para la fabricación de ladrillos, en primer plano, unos niños cascan semillas con un par de piedras y meten su fruto, una especie de almendra laminada, en botellas de vidrio que luego venderán en el mercado. Me acerco a los críos para que me expliquen el proceso. Parece sencillo, viéndolos golpear hábilmente las piedras me animo a intentarlo, entonces entiendo que lo hacen con tanta destreza que posiblemente sea su oficio y su medio de vida. Me dan a probar y compartiremos trabajo y tentempié antes del baño. Convertido en niño, juego en la orilla a revolcarme por la arena, las olas nos hacen reír, nos traen y nos llevan, nos arrastran, nos agarramos para no morir ahogados, corremos persiguiéndonos por la arena. Corre tan rápido como puedas, ellos son atletas en potencia. Pasan las horas volando, ellos no se cansan, pero yo terminaré totalmente achicharrado (gran error para un mochilero).


Hay que recuperar fuerzas. El puerto de la ciudad es una pequeña bahía natural en la desembocadura del río que la provee de agua dulce. En las aguas tranquilas se apilan los pequeños cayucos de los pescadores y un poco más allá los yates de los europeos adinerados. "La Marina", así llaman al puerto, es famosa por su gran lonja. El pescado y marisco fresco se acumula en los azulejos blancos. Puedes seleccionar, y negociar para llevarte la pieza que más te guste. Se la llevarás a una de las muchas mujeres que tienen una barbacoa encendida y que te lo preparará acompañado de patatas, yame o plátano frito, un poco de mandioca quizás, para comer tranquilamente sentado en los veladores mirando como los niños tiran piedras a las gaviotas.
 

Esa misma noche nos encontraremos con Fosky y Valle, que nos recomiendan visitar las cascadas de Lobé (Chutes de la Lobé), 8 km al sur de la ciudad. En una circular bahía de arena sedimentaria, las cascadas de Lobé son una de las pocas en el mundo que caen directamente en la playa. Nos cuentan que en la otra orilla, después de ser rescatados por un pescador porque se les ocurrió cruzar nadando, hay un colegio cuyos pupitres están en la misma arena y que ya de paso, cuando las clases han acabado, aprovechan para convertirlo en bar. Curioso contraste entre playa, niños estudiando y repisas llenas de botellas de bebidas espirituosas.



CUENTOS DE PIGMEOS

Desde Kribi y hacia el sur, hasta la frontera con Guinea Ecuatorial, hay selva. La carretera de la costa se convierte en un camino forestal. Incluso hay una zona que está protegida como Parque Nacional de Alto-Campo. Pero lo más misterioso son lo que los locales llaman "bushmen" (hombres del bosque). Los pigmeos viven en el bosque, son cazadores y mantienen una relación muy estrecha con su entorno. Utilizan arcos, flechas y lanzas, y son tramperos. Tradicionalmente nómadas, hoy día muchos grupos tienen asentamientos más o menos estables. Son bajitos sí, y su sino es la supervivencia. Son tan vulnerables y tan inadaptados a la ciudad que sufren aislamiento social y discriminación. Les llaman "pigmys" despectivamente. Sin embargo, ellos mismos no tienen conciencia de grupo étnico común, si no que pertenecen a clanes más o menos independientes, hablan distintas lenguas y tienen poca o ninguna relación con otros grupos de pigmeos. Nos los cruzaremos camino al sur, y pararemos a la vuelta en un par de asentamientos para saludarlos y darnos cuenta que realmente viven en la miseria más absoluta. ¿Hasta que punto los proyectos de futura carretera entre Kribi y Campo (pueblo fronterizo entre Camerún y Guinea) afectará sus vidas? Quizás puedan sobrevivir aislados en el interior de la espesura, más les vale, la otra opción sería ser carroñeros del asfalto, y vivir de lo que la carretera y el tráfico de camiones y turistas dejen caer.


EBODJE

Bienvenidos al paraíso. Bienvenidos a la mejor playa que he pisado en mi vida. Quilómetros de costa virgen, arenas doradas y altos cocoteros. Un ecosistema sano y lleno de vida, hogar de cientos de cangrejos y de la gran protagonista, la tortuga marina del Atlántico.
Eso debió pensar alguna cabeza lúcida hace más de diez años, y con los fondos de la Unión Europea montó un proyecto de conservación para tortugas y de ecoturismo que ha servido para crear empleo, renta y riqueza en la pequeña aldea de Ebodje. El proyecto está tan bien pensado, están tan cuidados todos los detalles, que en los tres días que pasaremos allí no encontraremos critica posible.



Nos reciben los responsables locales del proyecto, nos conducen a las oficinas que también hacen de museo. Las paredes están pintadas de dibujos explicativos acerca de las tortugas, sus ciclos reproductivos, los peligros que las amenazan, su conservación. Nos explican la historia del proyecto, los diferentes programas y las opciones que nos ofrece la localidad.
Nos alojaremos en una casita aislada a cincuenta metros de la playa abrigada por los cocoteros. El toilete es una choza con un agujero negro que todo se lo traga (Patri meterá la pierna hasta la rodilla). La ducha es un cubo con agua del pozo que se encuentra en el mismo centro del pueblo, a unos 200 metros hacia arriba. Cuatro habitaciones y un gran comedor. Soltamos las maletas. El tiempo se detiene, las preocupaciones se evaporan, la sangre se mece al ritmo de las olas. El primer día lo pasaremos a la sombra de las palmeras, bañandonos y caminando por la orilla. Dormiremos acompañados del rugido del mar y despertaremos con el repique de la lluvia. 
Uno de los programas que ofrecen y que vamos a disfrutar consiste en una excursión por el río en cayuco. Hasta llegar a la desembocadura del río, paseamos por la playa, esquivando las ramas de los árboles, la marea está alta y no queda mucha orilla. Nos esperan dos remeros-pescadores con sus cayucos que han venido remando desde el pueblo. Nos subimos. La canoa se mueve de un lado a otro, parece que vamos a volcar. El agua del río es tranquila, parece no llevar corriente. El murmullo del mar se calla nada más adentrarnos entre los manglares. Solo el sonido suave del remo acariciando el agua distorsiona el cantar de los pájaros y el chirriar de los insectos. Hay una calma espeluznante que se refleja en el agua como un espejo. Derrepente, unos círculos concéntricos se dibujan en la superficie. Son gotas de agua. Empieza a llover. Refugiados bajo los árboles esperamos. Estamos empapados, así que mejor seguir río arriba. Bajo la lluvia, el río parece otro, la calma está rota, como rotos están los reflejos en el agua. Esquivamos algunas ramas, desde lo alto de una de ellas, una pitón albina (amarilla y blanca) se arroja al agua asustada por nuestra presencia. El río es una puerta al interior de la espesura, a lo impenetrable del manglar. Deja de llover, pero la ropa mojada nos da frío. Damos la vuelta y volvemos a la playa por la desembocadura.
Estamos a media hora del pueblo en una playa que de por sí ya es desierta y virgen. Sus únicos residentes habituales son los cangrejos, así que decidimos jugar con ellos. Hora de cazar cangrejos! Nos llevará el resto de la mañana conseguir pillar tres cangrejos, uno para cada uno. Se los daremos a Valery, la cocinera, pero en la cena no habrá rastro del marisco y nunca más sabremos de ellos.
El último día lo reservaremos para jugar con los peques, visitar el colegio y negociar las motos que nos llevarán de vuelta a Kribi. También conoceremos a Pablo y a Juan, son guineanos residentes en Camerún. Nos cuentan que hace no más de cincuenta años, este pueblo estaba maldito. Los brujos controlaban la aldea y la magia negra, el miedo y los sacrificios eran el pan de cada día. Hubo matanzas, desapariciones, mucha gente huyó y después una calma y un silencio que todavía hoy se respira. -Ahora se vive bien, no hay matanzas, y los brujos ya se fueron- Nos comentan.


YAOUNDÉ

Yaoundé es la capital de Camerún. Ni es la ciudad más grande, ni más poblada ni siquiera la económicamente más importante, esos honores corresponden a Douala. Yaoundé se asienta desordenada y caótica en siete colinas. El tráfico se congestiona atrapado en sus glorietas, y la polución se condensa en el aire.
Cogemos un taxi que temerariamente sube y baja las colinas en contramano camino de la estación de trenes. Nuestro destino, obviamente, no es Yaoundé.

EL TREN


Queremos subir hacia el norte y la mejor opción es el tren. Las cabinas con camas están agotadas, pero Yaoundé no resulta interesante para pasar la noche, así que decidimos viajar en los apretados asientos de "primera clase". La estación es un mar de equipajes y personas que se van acomodando en los vagones. En el anden, un grupo de musulmanes rezan antes de que el tren eche a andar.
-¿Eso es un pollo?- Pregunto a Kanu tras escuchar un cacareo.
-¿No querías viajar en un tren por África?- Se ríe.
Viajamos con niños llorones, pollos y pescado seco. La noche cae nada más salir, pero el viaje está lejos de ser tranquilo. No pasa una hora antes de que el tren se detenga en una pequeña estación. Los pasajeros se arrojan a las ventanas para comprar los diferentes productos que los niños venden desde el andén. Pararemos en unas diez estaciones, en cada una la pareja con niño que tengo enfrente comprará algo. Primero naranjas, pomelos y mandarinas, después aguacates, más tarde plátanos para un regimiento, más al norte miel y batón (mandioca cocinada y enrollada en hojas). Ya no caben en los asientos y han decidido recolocar los racimos de plátanos a mi lado.
Fuera del bagón la oscuridad de la noche no deja ver la selva. El tren parece volar a velocidad de vértigo, pero es solo una ilusión producida por el fuerte traquetéo y los continuos saltos en los raíles. Vamos a recorrer unos mil kilómetros en quince horas. Desde las frondosas colinas del sur, hasta la sabana de N´Gaoundéré, ciudad puerta hacia el Sahel.
El gallo canta a las cinco y media de la mañana. El paisaje ha cambiado. Las llanuras se extienden salpicadas por suaves colinas. Mucha hierba alta y árboles distantes. Es final de la temporada de lluvias, así que el paisaje es verde y los rebaños de animales salvajes aún están desperdigados por la vasta extensión. Para ver animales en la sabana, la fecha buena es en los meses de sequía, cuando toda la actividad se concentra en los bebederos.
El tren frena, abre las puertas y la marea de personas y equipajes empuja con fuerza, hemos llegado a N´Gaoundéré.


N´GAOUNDÉRÉ


N´Gaundéré recibe su nombre por nacer a la sombra de una montaña con una enorme piedra redondeada justo en su cima. La "montaña ombligo" le da nombre y es el símbolo de la ciudad.
N´Gaundéré es la puerta hacia el Sahel, aquí acaba la línea de ferrocarril y comienzan las antiguas rutas hacia el norte, hacia el Chad, hacia el Sahara, de donde vinieron en su día los pueblos árabes.
La estación de trenes es una gran explanada con muchos pequeños tenderetes de comida. La carne a la brasa en forma de pinchitos es la especialidad. Negociábamos una moto en busca de un hotel barato y Kanu siente como intentan abrirle la riñonera. La reputación de inseguridad se confirma pero no tendremos más problemas. La moto nos lleva a Aubergue Pousada Style un hostal barato pero apartado.

Nuestra visita a Gaounderé coincide con el día de rezo musulmán por excelencia, el viernes. Y nosotros vamos directos al Palacio del Lamido y a la Gran Mezquita para no perdernos detalle. Se acerca la  una de la tarde y la Gran Mezquita y toda la explanada que lo rodea se llena de fieles que se alinearán ordenadamente mirando a La Meca. El rezo es espectacular, la sincronía de los movimientos hace que miles de personas parezcan un solo organismo. El rezo termina con un respetuoso adiós a un difunto. El cuerpo es cubierto por telas y transportado en un camastro de cañas.
Ahora el Lamido va desde la Mezquita al palacio con pompa y ceremonia. Lo protege del sol una sombrilla y viste turbante y túnicas majestuosas. A su paso le tocan música de trompeta. Tras él, le sigue el grueso de notables. El Lamido representa aquí la figura de Emir, de Rey, es un líder espiritual y tiene influencia política y hasta capacidad para resolver juicios. Está aconsejado por el grupo de notables que a su vez, tiene en última instancia la decisión de exiliarlo si no cumple cuidadosamente con su labor.
 Entramos tras él en el Palacio del Lamido. No es un palacio de estilo árabe, más bien es una construcción Haussa, con chozas redondas y tejados de paja. Los interiores están decorados con relieves de yeso que representan símbolos y escenas de la historia del palacio pintados en colores vivos. Hay paredes pintadas de negro que hacen de pizarra para las clases de los niños de sus más de quince mujeres. Otra estancia tiene el suelo de grava, nos explica que es un lugar de sacrificio. En uno de los patios interiores hay un trono donde recibe a sus visitas, es lo máximo a lo que podemos acceder, a partir de aquí son estancias privadas. Las trompetas acompañan al Lamido hasta que se retira. 



Nosotros también nos retiraremos, buena comida, zumos de frutas y un paseo por el mercado.



El bus que nos lleva rumbo norte tiene cinco asientos por fila, más bien parece un avión capaz de llevar a unas 70 personas. Justo detrás de mí un policía de paisano transporta un preso esposado de pies y manos. Atravesaremos la Meseta Adamawa y el Parque Nacional de la Bénonué por una carretera de rectas infinitas que en algún tramo tiene sorpresa en forma de río que hay que vadear. En Garua haremos una parada técnica para comer y descomer,  llevamos 4 horas y aún nos queda más de la mitad para llegar a Marua. (Bus Garaunderé - Marua 6000F).







MARUA

Marua es la última gran ciudad en la ruta hacia el Chad, y es el campamento base perfecto para visitar las montañas de Mandara al Oeste (frontera con Nigeria) o el Parque Nacional de Waza en el norte.
Dividida por un gran río que crece caudaloso o se seca penosamente según la estación, es una ciudad polvorienta y con mucha basura, las motos contaminan el aire y el ruido es molesto. En cualquier caso, tiene un bonito mercado de artesanía, con muchos suvenirs y unos comerciantes demasiado duros para sacar buenos precios. En el mercado, entre una tienda de pieles y una de verduras hay un barbero. Corta con una hoja de afeitar el rostro de una mujer joven. La está marcando, dibuja en su rostro la procedencia de su sangre. No hay higiene ninguna, el corte es limpio, con ceniza y polvo la sangre deja de brotar.



MANDARA MOUNTAINS

Nos acercamos a las Mandara Mountains a través de Mokolo y desde allí en moto hasta Rhumsiki que queda a unos 3000 Francos de distancia (así es, aquí es más frecuente medir la distancia en moneda que en tiempo o kilómetros). La pista de tierra se va perdiendo en las mesetas y entre las montañas con cima plana. Nos vamos alejando de la ciudad y los pueblecitos empiezan a parecerse a las fotos de pequeñas chozas de barro y paja que estamos acostumbrados a ver en las fotos que hablan del África más profunda. El cielo luminoso, el horizonte abierto y la brisa en la cara nos despeja de la paliza de kilómetros y autobuses que llevamos encima.



Rhumsiki está marcado en las guías de turismo y esa es la mayor pega que tiene. Cinco hoteles donde hospedarse en un pueblo tan perdido en la montaña nos hacen pensar. Los niños nos asedian pidiéndonos regalos o bolis. Acostumbrados a pedir y a recibir, los niños han encontrado en la caridad del turista una forma lamentable de ganarse la vida, mendigar. Y es que la caridad del turismo hace más mal que bien, porque condiciona los comportamientos  de las gentes y los hace dependientes de las migajas que caen de una “mano generosa”. Es mejor, dejar en la imaginación y la destreza de la gente, la forma de ganarse la vida. He podido comprobar como los sitios más turísticos y por ende más ricos, son más míseros y los mendigos abundan. Y como en sitios donde el turismo no es caritativo, florece la artesanía, y los mercadillos de cualquier cosa capaz de venderse. La solución no pasa por dejar dinero en la mano que se extiende.




Es día de mercado, Rhumsiki está muy cerca de la frontera con Nigeria y es un emplazamiento perfecto para que los vecinos de las montañas se reunan a comercializar y a beber cerveza casera en calabazas acompañadas de arepas de arroz. En la calle nos encontrará un musulmán alto y elegante, educado y convincente. Nos echa una magia y nos invita a su restaurante para cenar, no diremos que no y allí coincidiremos con cuatro mesas de pieles blancas. Al menos la cena estará a la altura.

Desde la choza del hombre cangrejo, un gurú que te adivina el futuro mirando huesos, el paisaje es inspirador. Montañas sin árboles que quiebran un horizonte limpio y luminoso. Valles de hierba y arbusto, verdes o marrones según la estación, quedan dibujados por casitas dispersas y campos de cultivo. Los caminos son varios e invitan al senderismo. Un niño, cabrero, músico-trovador nos hará de guía.







Sentado a la sombra de una montaña vertical, las águilas nos sobrevuelan extrañadas. El sol quema las hierbas altas que en unos meses se volverán amarillas y hará de estas colinas, hoy verdes, tierras polvorientas.
Mandara está a dos días de bus y tren y bus de Limbe, y va siendo hora de volver.



KUMBA

Estamos en Limbe destrozados después de recorrer más de 4000 kilómetros desde que llegamos a Camerún. Nos merecemos un día de relax y playa que nos vendrá bien para no llegar a Nigeria exhaustos. Sin embargo, la guía del Lonely Planet está llena de alternativas que queremos exprimir. ¿Destino? Kumba.
Kumba es un frenético pueblo anglófono, cruce de caminos, en mitad de un paisaje interior de colinas volcánicas verdes esmeraldas. Crece a los lados de una carretera de tierra con unos agujeros donde cabe un coche entero. Transitar por esta carretera debe ser todo un infierno para los camioneros que suministran la cerveza para que la fiesta pueda continuar sin límite. Y es que Kumba es una ciudad con una marcha nocturna sorprendente y ruidosa. 
Pero por lo que hemos venido hasta aquí es por conocer el lago que se ha formado en el mismo antiguo cráter de un volcán. Cuentan las leyendas que si nadas en Barombi Mbo Lake la magia negra puede poseerte para siempre. La belleza del sitio es un espectáculo, un lago en altura, rodeado de selva, que rebosa y chorrea para transformarse en un río. El agua en algunas zonas está caliente, y las fugas de azufre matan algún pez despistado, pero nosotros nos bañaremos encantados y veremos en primera fila como unos hombres trasladan en cayucos el cacao desde el interior de la espesura cruzando el lago hacia la carretera que baja a la ciudad. 




Debemos volver. Kanu, Patri y yo miramos a través del ojo de buey como el ferry suelta marras. El puerto de Limbe parece ya el mismo bonito espejismo que vimos 17 días atrás.